Por Rafael Grullón
Se ha incorporado a la ciencia política el concepto de que la política es la continuación de la guerra por otro medio, pero ya es una verdad histórica, de que el hombre ha terminado arrepintiéndose de todas sus guerras.
Cuando una Comisión del Estado de Japón fue a donde Mao Set Tung a pedirle perdón por haber invadido a China, el Gran Timonel del Gigante Asiático le respondió que ya no era necesario, que por el contrario el pueblo chino le agradece a Japón que había aprendido a pelear en esa guerra.
Es decir, ambos, japones y chinos, ya se habían arrepentido de provocar tantas muertes. Pero ese mismo Mao fue el que unificó a China en la Guerra a través de la escritura, única forma de comunicación continental, ya que China tiene regiones que verbalmente no pueden entenderse.
Cuando Mao y su Partido Comunista peleaban contra su adversario interno Chiang Kai-shek, líder del Partido Nacionalista Chino, ocurrió la invasión de Japón.
Entonces, el líder chino rebelde contra el Estado dominado por el Kuomintang, escribió sobre las contradicciones.
Decía que hay contradicciones en el seno del pueblo y contradicciones entre el pueblo y los enemigos del pueblo.
Las contradicciones en el seno del pueblo son secundarias, las contradicciones entre el pueblo y su enemigo son principales, antagónicas.
A partir de ese razonamiento instruyó cesar la guerra interna y unirse con el Partido de Chiang Kai-shek para enfrentar el adversario principal, al enemigo común, los japoneses.
En un partido político, las contradicciones internas son secundarias con relación a las contradicciones con el adversario externo. «Yo contra mi hermano, mi hermano y yo contra mis primos, yo, mi hermano y mis primos contra el mundo», sentenció Saddam Hussein.
