Por Geovanny Tejada
En la era de Trujillo, Ambiorix Díaz había sido nombrado en una posición en el tren judicial de Santiago y con eso adquirió la categoría de funcionario público y en tal condición fue invitado a una fiesta a la que asistiría el Sátrapa Rafael Trujillo Molina en la Ciudad de San Cristobal.
Ambiorix llegó al ágape a la hora indicada, acompañado de la que fuera su compañera de vida, doña Camelia, sin sospechar que aquella noche acontecería algo que los marcaría para siempre.
Ambiorix y Camelia eran muy jóvenes, no tenían experiencia de Estado y mucho menos manejaban el arte del comportamiento en aquellos ambientes. Todos los convocados estaban en sus mesas y hacían un derroche de elegancia y glamour, ubicados en lugares cerca o lejos del tirano según el grado de adhesión al régimen.
Todo está listo para empezar la fiesta y suena la primera pieza!
Ambiorix, raudo, hala a su mujer a bailar ante la mirada atónita y llena de pavor de los congregados, al parecer, Ambiorix quiso demostrar ante “El Jefe” sus cualidades como bailarín y así despertar la admiración de éste. Pero lejos de eso no hizo más que enfurecerlo, pues sin proponérselo había herido su veleidad. Todo el que estaba acostumbrado a asistir a estos eventos sabía que la primera pieza que la orquesta tocara era solo para Trujillo, nadie podía pararse a bailar, la primera pieza era para que todo el que estaba en la fiesta se derramara en elogios y admirara los dotes de bailador del dictador.
En tono muy molesto, Trujillo le preguntó a unos de sus moscardones:
Quién es ese?,
Ése es hijo de Don Luciano Díaz, el amigo suyo de Santiago, respondió el moscardón.
Trujillo más indignado aún, les dice: Yo no tengo amigos, debe irse a pie para Santiago!
Ambiorix y Camelia fueron expulsados de la fiesta y no le quedó otro remedio que comenzar su marcha a pie hacia Santiago, nadie en su sano juicio se atrevía a ofrecerles una “bola” so pena de ser castigado también de manera muy severa.
Después de un largo rato caminando, en entrada bien la noche, doña Camelia alcanzó a ver los faroles de unos vehículos; era la caravana que traslada a Trujillo a la Ciudad de Santo Domingo, desesperada se lanzó la medio de la calle obligando a la caravana a detenerse, se acerca a Trujillo y en nombre de Ambiorix y el de ella le pide perdón; Trujillo los “perdonó” y fue entonces cuando pudieron abordar un carro que los trasladó hasta Santiago.
No se, pero en todos los años que conocí Ambiorix, nunca lo vi bailar, no sé si fue porque ya no le gustaba o por el trago amargo qué pasó.
