ORLANDO GIL
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 Acostumbrarse, como acos­tumbrarse, difícil; pero no hay dudas de que poco a po­co el dominicano irá sacando de abajo y creando su propia normalidad.

El gobierno pensará dos veces y temerá le­vantar las vedas, pues sabe que sea que mueva los remos o deje el bote a la deriva, de críticas no lo salvará ni el médico chino.

La política lo acecha, y así como su campaña se alimenta de logros sanitarios y generosidad en repartos, la de oposición no se quedará quie­ta dejándolo servirse con la cuchara grande.

Los sectores de la sociedad observan los ex­tremos, y harán su momento al margen de lo que puedan decir los partidos políticos que se disputarán el poder en las elecciones de julio.

La política es el ejemplo a seguir, el modelo a imitar, pues no se dejó afectar por la pande­mia. Si las fuerzas políticas no cesan ¿por qué las fuerzas productivas?

Hasta ahora buscan las ventajas que el go­bierno provee, y estas parecen ser suficientes, pero por un tiempo. Por muchos recursos que tenga la administración y por todo lo que pueda dar, los fondos tendrán que agotarse o no cubrir necesidades propias de la emergencia.

Habrá que rascarse con las propias uñas y no confiarse solo en el situado, como si fuera en tiempos de la colonia. La creatividad está en pie y los restaurantes marcan una pauta que otros negocios replicarán.

Cerraron en principio, pero al extenderse el plazo tuvieron que entreabrir la puerta y dar servicio a medias, con muy buenos resultados. La gente busca la comida.

Nadie saca la cuenta, pero es posible que en­tre los platos que vendían antes con los parro­quianos in situ y los que preparan para llevar, ahora sea mayor el beneficio.

Lo mismo el muchacho del delivery. No se tiene registro, pero tampoco información de que se contagian o el cliente asegura distancia.

La experiencia es alentadora, y se tiene com­probado que no solo de pollo frito, pizza y ham­burguesa vive el hombre, sino de toda comida que su bolsillo pueda pagar.

Por El Municipalista

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