A papá como todos los días…
Por José Francisco Peña Guaba
Me sorprendió el Día de los Padres, con la certeza de saber que este mundo y nuestro país han cambiado, hemos avanzado no lo duden, la democracia aunque imperfecta ya en nuestra patria es una realidad, gracias a hombres como mi padre, que lo dieron todo para lograrla.
Pero, me encuentro este día triste y pesaroso al reconocer que son inexistentes virtudes humanas que conocí en la generación en la que crecí, sin embargo, sobre todo porque las vi en mi padre: noble, correcto, amoroso, responsable y honesto, era y sigue siendo mi héroe, al parecer también de muchos que lo recuerdan un día como hoy tanto como yo, porque papá supo ser padre para tantos, a los que ayudó, a los que envió a estudiar al extranjero, a los que guió y promocionó para hacerlos llegar hasta donde están hoy en día.
El verdadero amor, ese insondable, el que se da a borbotones sin pedir nada a cambio, fuera de mi esforzada madre, solo lo he conocido en dos hombres: mi padre y mi hijo, ambos son los dueños absolutos de mi corazón, es en ellos en que he visto la reciprocidad del cariño entregado sin pausas ni dudas, aquel que no devuelve espinas, porque renace en flores o aquellos que como decía mi recordado General Omar Torrijos “el que da cariño recibe cariño”.
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A mi padre se lo debo todo, por eso no hay día que no piense en él, porque más que papá fue maestro, más que padre fue ejemplo, porque eso fue su agitada vida, una enseñanza permanente para lo que convivimos con este maravilloso y humilde ser humano.
Cómo no recordar los dos besos que me estampaba en ambas mejillas, o en su esfuerzo por querer sentar en sus piernas a su “gordito hijo”, intento varias veces fallidos para no maltratarle, cómo no recordar sus sanos y continuos consejos o por algunos llamados de atención por algo que el entendía que no estaba bien de mi parte, cómo no recordar el secretismo con que nos manejábamos en silencio cómplice, en momentos delicados y difíciles, donde la lealtad más que necesaria era obligada; cómo no recordar las lágrimas en su rostro al ser víctima de traiciones alteras o del dolor que taladraba su alma noble ante la infausta noticia por la pérdida de la vida de algún compañero de lucha por conquistar la democracia.
Cómo no recordar su protección de padre responsable para con todos sus hijos, no hay forma que no me acuerde de todas sus inauditas acciones para afianzar la paz en nuestra patria cuando en peligro se encontraba, cómo no recordar a mi ídolo que en valentía temeraria y sin miedo alguno se enfrentaba a la muerte por sus ideales.
Cómo no recordar a quién me amo como era, a sabiendas que pensaba muy diferente a los demás que le acompañaban, cómo olvidar a aquel gigante que en docilidad y sencillez me llamaba para consultar mi opinión en controvertidos temas, por el saberme con una visión divergente a la de sus más connotados amigos y compañeros.
Explíquenme cómo no amar a un padre que siempre respeto mi parecer, con el cual compartió lo poco que para mí era mucho que tenía, del cual aprendí que odiar no es una opción y que la solidaridad y el agradecimiento son normas obligatorias de vida.
En papá conocí las más excelsas de las virtudes, les aseguro que no he conocido un ser humano donde existiesen tantas cualidades o atributos a la vez, simple, porque de esa estirpe en el mundo de hoy ya no hay, de su firme integridad tampoco.
Cómo no amar a este hombre que se construyó de la nada, cuya inteligencia suprema lo despegaba de la corteza de la tierra y cuyo carisma nos atrapaba a todos pero, lo más excepcional era, esa aura blanca, límpida y prístina que le rodeaba y que descifrada en esotérico mensaje de que estábamos frente a un ser de elevados sentimientos y espiritualidad.
Hoy no recuerdo al líder político, ni al internacionalista consagrado, ni al verdadero constructor de la democracia de la que disfrutamos hoy los dominicanos, sino a mi estrella de ébano, a mi padre, el inmenso José Francisco, a la persona que más he amado en mi vida, al más noble de todos los seres humanos por mi conocidos, al más honesto y ejemplar ciudadano pero, a la persona que más me amo y de la cual más cariño recibí. Hoy como todos los días te recuerdo más vivo que nunca, esperando que donde estés tu existencia sea más leve que como te fue en la vida, mientras, aquí está tu Francisquito como me llamabas, ¡el que no te dejará de amar ni te olvidará jamás!
