Del poder a la vanidad hay un solo paso

No importa el tamaño o la dimensión que se crea tener del poder y su ejercicio, al final se acaba, es arrebatado o es sustituido por otras formas de poder.
Los nuevos tiempos han demostrado que el poder es más pasajero que nunca. Es fácil ascender, pero aún más fácil perder la forma de ascenso.
Los viejos liderazgos o gobernantes que parecían eternos, ahora se limitan a culminar el tiempo que les toca y a veces menos.
Sencillamente el poder, al no entenderse como se obtuvo, envanece y termina haciendo que se haga lo mismo que se criticaba hacer.
El poder coloca al abrir de la puerta la arrogancia, la soberbia y la vanidad.
Los cambios de vehículos, por vehículos de alto cilindraje y mucho más costosos, las comidas en restaurantes visitados por la oligarquía, cuando antes no se visitaban, los cambios de números telefónicos, la secretaria que antes no existía, bajo el propósito de alejar a la gente de quien asume el poder, son formas que crean un aura de vanidad que debilita el poder y hace que sea más fácil perderlo.
El poder nos acerca a todo lo que debemos alejarnos.
Al no comprender estas distancias se terminan replicando lo que ante se criticó.
Al final, cuando las penumbras llegan por si solas y la soledad del poder arropa los pensamientos, es que los políticos se dan cuenta de que el dominio obtenido rodeó de una multitud que culmina abandonando, ya que solo sirven a quien está arriba.
