Sólo hubo que aguardar unos días después del “baile de puñales” del Comité Central para poder medir los abismos logrados para la demolición del partido de Juan Bosch. Ésto dicho, no a la ligera, por comodidad del lenguaje, sino más bien como acusación de carácter histórico.
El J’Acuse, que siempre ha sabido aparecer en los momentos de daños a los pueblos o a la verdad es lo que me propongo hacer con mis modestísimas entregas de La Pregunta.
Por eso han visto la reproducción de mis cartas advirtiendo, clamando inútilmente por la unidad de los dos lideratos mayores de este partido que soñara y realizara el Prócer, cuya ausencia ha sido irrespetada al grado de que parecería para los más díscolos y obstinados, que en lugar del lema “servir al partido para servir al pueblo” se sustituya por otro más provechoso a sus fines, como éste: “Servirse del pueblo para destruir al partido”.
No otra cosa vienen haciendo y los acuso sin temer que me endilguen la condición de intruso, pues no sólo he sabido advertir sobre el sabotaje de su cohesión, sino que siempre invoco a las necesidades cruciales de la República para su defensa en todos los órdenes, precisamente para lo que fuera soñado y creado ese importante partido, como instrumental de su defensa.
Mi calidad moral para ejercer el derecho del J’Acuse surge de que se trata de daños muy destructivos de la nación, no de sórdidas reyertas de las ambiciones intrapartidarias. Por ello utilizo la expresión del partido de Juan Bosch, para hacer sentir mi convicción de que se lo vienen hurtando a su recuerdo imperecedero los que dieron paso al peor injerto, el más infeccioso, que desde el primer día de este gobierno “sabía a lo que venía”, según reclamó siempre desde su sombría y siniestra posición, no necesariamente personal, sino de la peligrosa etnia que siempre saben tener los planes de la Geopolítica de turno.
El pueblo, el país, la nación o el Estado, en todas las manifestaciones de nuestra existencia, no merecían esta inconsecuencia traicionera de quienes la mención de Juan Bosch ya les resulta una engañosa hoja de parra, un ardid para para encubrir sus verdaderos propósitos y misiones desde un poder político contrapuesto cada vez más a los destinos nacionales.
A veces me distraigo pensando en lo que diría el Prócer de este “arroz con mango” y se me ocurrió que lo haría con el inolvidable estilo popular de sus charlas radiales diarias, más o menos así: “Dominicanos y Dominicanas, se trata de que hemos trabajado con dedicación a sembrar un predio de batata y la batata tiene un enemigo muy dañino y peligroso que cuando está más hermosa, de provecho se dice, le llega al fruto y con una sola picada lo envenena. Su saliva sirve para ponerlo que ni los puercos la comen. Nuestro partido fue invadido por el piogán y los que estaban de turno no lo combatieron, porque quiero decirles que hay modos de hacerlo, sino que se dejaron envenenar también ellos. No tienen perdón los que teniendo todos los medios para proteger el huerto de nuestro partido lo convirtieron en un batatal envenenado”.
Podría terminar la gracia infinita de las amables prédicas populares del Prócer diciendo: “Recuerden ustedes, Dominicanos y Dominicanas, que yo salí por los caminos malos no sin haberles hablado a ustedes de mis luchas con las garrapatas que me habían invadido el rancho viejo que yo fundara. Ahora me ocurre que he tenido que saber del piogán, que todavía es más peligroso”.
En fin, quiero precisar que lo anterior es sólo es una forma de hablar en sentido figurado cuando me distraigo, a veces, recordando a don Juan, aquel as impar de la enseñanza de su pueblo llano.
Vuelvo al duro presente de las ásperas realidades y sigo lidiando con las azarosas contingencias actuales. Mi tesis fundamental observen que antes de pasar a exponerla, al redactar esta entrega de La Pregunta, he recurrido a un título que me pueda ayudar a organizar mínimamente mis pensamientos respecto a este desorden que se le ha propuesto a la República como un cáliz de amargos fracasos que no merece.
Ensamblar el desastre significa para mí espigar y retener aquellos hechos que han sido objeto de conocimiento público que pueden servirnos de bases para el análisis del colapso como un todo, sin dejarnos extraviar o confundir por la cantidad de fragmentos y escombros que se van produciendo en ocasión de este proceso de hondas discordias, que lucen tan desordenados como los pequeños asteroides que se derraman sobre la tierra.
Comencemos por recordar algo que ha estado en la base de todo el desastre y que, a mi modo de ver, se puede resumir en el nombre de una nación hermana inmensa: Brasil.
En efecto, todo lo que ofrecía el horizonte de Brasil era esperanza de progreso para nosotros. Pero la realidad vino a resultar de un modo distinto y lacerante; los guías de los destinos nacionales no presintieron siquiera que debajo de aquella ilusión residía la corrupción en sus términos más letales de escándalo; se fue más lejos aún cuando no se advirtió que venía un animador supremo de esos sueños, un prestidigitador, encantador de serpientes, en capacidad de adueñarse de la realidad y ponerla a sus pies, a su servicio y al alcance de sus manos de mago, para supuestamente fabricar triunfos electorales interminables y ofrecer el goce del poder de largo plazo que constituiría un verdadero paraíso.
Toda esa vanagloria se sabe cómo se hundió entre barrotes y delaciones. El hecho es que todo se derrumbó abruptamente y se montó un patíbulo de nombre Lava Jato y la temible epidemia de corrupción descubierta pasó a presidir un macro desastre de dimensiones mundiales.
Vinieron así a acompañar a las fortunas mal habidas originadas en tal ocasión los miedos que aquel tsunami generaba y con ésto se trastornó gravemente la normalidad institucional, muy abrumada de nieblas e incertidumbres, que han favorecido al rufianismo para organizar maldades y maquinaciones de todo tipo contra la dinámica de nuestras instituciones fundamentales.
Por otra parte, como un segundo componente del desastre se abandonó toda la cordura y se organizó una espectacular y sorprendente salida hacia China Popular, sin medir mínimamente la densidad ni la naturaleza de los conflictos existentes entre dos imperios liados como están en luchas muy rudas e insondables de espacios para el predominio mundial.
El curso de los sucesos, solo de los que se ven, pues vienen otros previsiblemente más graves y complejos, se torna cada vez más sinuoso. Pero, tratemos esos dos componentes fundamentales en forma separada.
Desde Brasil provino la Odebrecht, que ha alcanzado rango de paredón de la honra nacional. La reputación de decenas de personajes importantes de nuestro medio social se va arruinando en un contexto de escándalo de resonancia mundial, al grado de desacreditar nuestras posibilidades de mantener ante el mundo que somos una verdadera nación, organizada en un estado vivo y viable.
Nuestras instituciones y poderes públicos han fracasado al intentar un curso diferente en las reclamaciones de compensación y castigo frente a ese fenómeno empresarial gigantesco que, aunque luciera por largo tiempo como parte de un Brasil pujante e inconmensurable, terminó por ser el más inaudito estercolero.
Se pretendió entre nosotros manipular la verdad mediante la astucia y hacer exactamente todo lo contrario a cuanto han venido haciendo los demás Estados que fueran escenarios de la catástrofe. Preferimos juzgar a medias, sólo lo posible y conveniente al tiempo de pactar con la autora principal de la experiencia criminal su imperturbable permanencia en sus actividades de constructora de obras, al grado de que nos mantiene como Estado demandados al pago de setecientos millones de dólares ante un arbitraje internacional por concepto de la construcción de un muelle de la Punta Catalina, cuyas dimensiones se alteraron de tal modo que cuadruplicaron las necesidades de las plantas de carbón y sus barcos proveedores. Este sensible aspecto, no sólo toca al sector público, sino que de algún modo hay partes importantes del sector privado que podrían tener que responder por este inaudito diseño secreto casi de contrabando en sus tierras no expropiadas, ni vendidas, sino dadas en enfiteusis, vale decir, cincuenta años de uso gratuito “en favor del Estado”.
Quedaba claro desde el principio que la artificial y fementida declaratoria de paz o armisticio sin guerra y el uso de parte del Ministerio Público del principio de la oportunidad para retraer y mutilar la acusación a fin de que sólo versara sobre hechos de un tiempo limitado, atraería la convicción de que se ocultaba lo peor, lo más grave, es decir, los tiempos del poder que habían prohijado las exacciones más espectaculares y cuantiosas.
Tengo la tranquilidad de conciencia de haberlo advertido desde muy al principio. Lo hice, de tal modo, que le señalé al Presidente del gobierno al cual había pertenecido que el pacto judicial celebrado con aquella empresa para lo que iba a servir era sólo para hacer prueba de que ésta, la empresa, tenía apresado al país en sus manos por hechos más comprometedores en su gravedad penal, como aquellos de carácter internacional relacionados con operaciones de soborno de escala mundial concentrados en nuestro territorio porque aquí se le ofrecía “mayores garantías para sus operaciones estructuradas, que fueran perpetradas en múltiples Estados.”
En fin, tuvo que estallar la bomba de revelaciones muy duras por obra del aporte de pruebas sensacionales transferidas por el periodismo organizado de investigación, que, como todos sabemos, acaba electrocutar con las plantas eléctricas de Punta Catalina, no sólo al gobierno, sino a otros sensitivos sectores que participaran en aquel pujo público privado que asumiera su construcción como un emblema máximo.
Los efectos colaterales se van sintiendo en forma aterradora y la abismal crisis política constitucional que han sabido engendrar los desórdenes de Odebrecht es sólo la punta del iceberg.
Debo hacer un paréntesis para detenerme un poco más en lo que fuera el espejismo de Brasil y con ello buscarle alguna explicación válida al error generalizado de ver todo aquello como la reproducción de una fuente de fortuna parecida a la fiebre que despertara El Dorado en el oeste de los Estados Unidos hace siglos.
Lula y el Brasil como guía; el banco del Estado, las obras públicas vitales de los pueblos y sus peligrosas concesiones, todo junto puede explicar cómo fue posible que tantos gobiernos sucumbieran a las tentaciones de la enorme empresa que hacía las veces de un órgano estatal derramado por el mundo.
Con ello se abrió el campo más extenso de tentaciones y el hundimiento no se hizo esperar y ahora, en estos tiempos, el asombro no alcanza para ir oyendo día tras día quién cae, quién se suicida, a quién se extradita, a quién se encarcela; un rosario de pesares sociales y políticos.
Tengo la esperanza de poder emplazar al lector con afirmaciones como las precedentes para la comprensión del vastísimo fenómeno criminal en que devino la presencia y participación de Odebrecht a escala continental participando en los más importantes esfuerzos de construcción de infraestructuras vitales de los gobiernos y naciones de nuestra América. Lula y el milagro económico del Brasil emergente; éste mundializado en su ascenso de nueva potencia asociado a otras economías emergentes, resultaba un contexto de euforia que naturalmente el poder en sus dos vertientes, público-privado, recibiría como una inmensa bandeja de oportunidades y tentaciones demasiado fascinantes para las prácticas de política y negocios de la Gobernanza latinoamericana, que adolece de una institucionalidad famélica que al recibir ese flujo de recursos resultaba una experiencia propicia para generarse un desorden epidémico que se llevara de encuentro la escasa reputación del poder político, así como la insegura idoneidad de sus capitales obrando en esfuerzos comunes y dándole al rufianismo las mejores oportunidades de lucro.
La dinámica esencial de este naufragio comenzó a expresarse de ese modo; un proyecto de obra soñado y necesitado por el pueblo por largo tiempo, prometida su ejecución por los programas de todos los partidos políticos, de repente pasaba a hacerse factible, de inmediato, por obra del milagro que vendría del Brasil con sus manos generosas y abiertas para el financiamiento inmediato desde un poderoso banco estatal y, por detrás, una aprobación activa de quienes venían sacando de la pobreza a millones de sus rezagados sociales y económicos.
El Partido de los Trabajadores, bien con Lula, ora con Vilma, era como un espejo que revelaba verdaderos “nuevos tiempos”. Desde luego, a esa fiesta del optimismo asistiría inevitablemente la corrupción, como la pareja indispensable favorecida por las urgencias crónicas en que viven nuestros pueblos.
Así ocurría que, en principio, nadie suponía que en medio de aquel entusiasmo yacían cosas tan negativas como la mala índole del amañamiento de licitaciones, sobornos, sobrevaluaciones y prácticas dolosas de todo género.
Entre nosotros, por ejemplo, se decía con frecuencia: “Construyen muy caro, pero lo hacen bien”. La gente como que admitía que aunque cara la obra estaba hecha y parecía resignada alegremente a que así fuera. Desde luego, al explotar el escándalo de Brasil que se conoce como Lava Jato se desataron todos los demonios y se han podido ver sus magnitudes con estupor inagotable del mundo.
Ahora bien, pasemos al segundo componente a ensamblar como desastre: La China Popular y las relaciones establecidas con ésta en términos que han sido llevados a extremos tales que nos colocan en la cuerda floja de ser cabeza de playa, como enclave geográfico del Caribe, de vital importancia en la guerra más vasta que libran las dos superpotencias mayores del mundo: Estados Unidos y China.
El curso de los sucesos es vertiginoso y dramático; sólo de los que se ven, pues vienen otros previsiblemente más graves y complejos; lo que lo hace cada vez más sinuoso.
Mencionemos una sola muestra, para no entrar en mayores detalles de la complejidad de esas relaciones establecidas en las circunstancias que todos conocemos:
Ahora acabamos de saber, a duras penas, que visitó una delegación del Partido Comunista de la China Popular al Presidente de la República en la Casa de Gobierno. Y ésto, de haberse anunciado con anticipación y difundido después, no encerraría tanto misterio como ha sido el silencio de la prensa de los dueños de los medios y del propio ámbito palaciego.
Tuvo que hacer la divulgación del importante encuentro la Embajada de la China Popular, la cual se hizo eco de lo que había publicado la prensa de Pekín en el anuncio oficial que puso de relieve, entre otras cosas, lo expresado por el Presidente de la República en cuanto a que “su país se adherirá firmemente a la política de una sola China y profundizará los intercambios entre los partidos de los dos países para consolidar la base política de las relaciones bilaterales”.
Me llamó la atención saber a nombre quién hablaba el Presidente; si del gobierno que preside o del Partido de Juan Bosch. Si fue en nombre de ese partido se hace innegable, todavía más, que la demolición interna de la que hablo al principio está acompañada de la intención de que le resulte muy difícil permanecer en el poder en otras manos. Es otra forma hacer del veto del imperio el Norte nada personal, sino algo de alcance general que abarque la cuestión ideológica que puede funcionar fuere quien fuere su candidato.
Hay en todo ello sombras suficientes para pensar lo peor. Hubiese sido ideal que el presidente expresara esa intención de profundizar las relaciones con el partido comunista chino a nombre de su importante facción; al menos advertirle a los chinos que personalmente se encargaría de conversar y tratar de convencer al presidente del partido para obrar en el sentido de aumentar la fraternidad entre los dos partidos, aunque tuviera que admitirle a los chinos que entre ellos ha habido “cierto alejamiento en los últimos tiempos”.
Desde luego, todo eso ocurría a sólo cinco días de presentarse la convocatoria desatendida de su Comité Político, en vísperas de decidir sobre la elección de la presidencia de la Cámara de Diputados, que supuestamente se asignaría según fuera aprobado en el año quince, como parte de una solución a una grave crisis en ocasión de la primera reelección, colocando a un diputado que corresponde a la otra facción de simpatía del partido que encabeza su presidente.
Pero ésta es otra historia que vamos a desarrollar, tanto en La Respuesta como en las otras entregas de La pregunta. El hecho es que los cálculos de permanencia prolongada del poder intentan nuevo giro de maniobra que resulta un tipo de comprobación irrefutable de división profunda.
La expresión más válida que me domina para poder referirme a esta debacle es esa de Desastre que utilizo en el título de esta entrega. Busco advertir a la República de la hondonada a la cual se le viene sometiendo. Estoy pensando desarrollar mi tesis en la tercera y más peligrosa dimensión: la suerte del proceso electoral programado. Pero, el espacio se ha agotado.
¿Creen ustedes que son suficientes los motivos de alarma? ¿Se justifica algún grado de ira razonable ante este tremedal enconoso?

