Por Rafael Grullón
Cuando conocimos a nuestros abuelos paternos ya estaban separados. Vivían en dos bohíos a unos quinientos metros unidos por un camino flanqueado de «yerbas» para las vacas, los caballos y los burros.
Pero para ir a su conuco por la mañana, el abuelo estaba compelido a pasar por el medio del bohío de la abuela. Al llegar aquí se recostaba de una mata de cajuil, la abuela salía con un jarro de café y sin decirle buenos días se lo pasaba, él se lo bebía y seguía su camino.
Cuando el abuelo enfermaba y no iba al conuco, en la noche la abuela les preguntaba a los nietos comunes que vivían con el abuelo ¿Y al otro qué le pasa? Cómo narramos «Entre la noche y el Amanecer», nuestra abuela creció pisando las gramas mojadas en busca de leche cada mañana.
Regaba cada amanecer los granos de maíz a sus pollos y crías. Llamaba a su puerca ven, ven. para echarle al terminar de fregar el salcocho. Atravesaba potreros en chancletas para visitar a sus padres cuando vivían, y a uno de sus hijos que residía a una muy larga distancia. Ella, con sus años, participaba en las cosechas, iba a tumbar el limón y la naranja. Siempre vivió en su campo.
Pero cuando nuestro abuelo murió, los hijos, para repartirse la herencia, vendieron en el campo y le compraron una casa a la abuela en el pueblo. Cuando nos enteramos algo en la mente nos dijo: «Abuela no tardará en morir». Así fue, cumpliéndose la máxima del autor de Los Miserables, Víctor Hugo, quien dijo: “Distribuir la riqueza es lo mismo que hace el carnicero: «Mata lo que divide».
