Por Rafael Grullón
Hace un siglo, remando en una yola sobre el río para que ni los pájaros escuchen el susurro de la conversación, un grupo de nueve visionarios fundaron el Partido Comunista de China, que en estos días celebra sus 100 años.

En la Primada de América, a donde llegó equivocado uno que salió para Oriente, una niña identificaba 500 años después al líder de la Revolución china como el hombre de la verruguita. Se trataba de Mao Tse Tung, quien apuntó en un librito rojo para los chinos, que no se entendía en lenguaje hablado, que estaban luchando por la igualdad, pero que el igualitarismo absoluto no era más que una utopía.

Cuando sus seguidores querían desgarrarse en la lucha ideológica, les anotó que las contradicciones principales eran entre el pueblo y los enemigos del pueblo, por lo que las contradicciones en el seno del pueblo y en interior del Partido no había que tomarlas a pecho, ya que eran secundarias.

Para que fueran aplicados en las enseñanzas les talló en el cerebro que «La práctica sin teoría es ciega y que la teoría sin la práctica, no tiene sentido.» Los condujo en la Gran Marcha, los enfrentó a la invasión japonesa, lanzó la Revolución Cultural, paseando a quien luego fuera su sucesor con dos monumentales orejas de burro y confinándolo diez años en el campo para luego lanzar a China como una potencia del acero, poniendo a millones a fundir las ollas y los calderos, olvidándose de la agricultura, lo que provocó que fueran a la tumba millones de hambrientos tras el fracaso de la aventura industrial.

Cuando abandonó este mundo, ya los chinos no morían de hambre ni de frío como eran recogidos sin vida por paquetes todas las mañanas en las calles antes de la Revolución, pero les dejó en la cabeza que era un pecado ser millonario. Lo sustituyó Deng Xiaoping, aquél que desterró bajo el estigma de revisionista, pero que terminó haciendo la segunda Revolución después de la socialista de Mao con una sola consigna: «No importa que el gato sea blanco o negro, lo importante es que cace ratones».

Por El Municipalista

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