No amor a Dios, sino por temor al Diablos
Por Rafael Grullón
Cuenta el poeta Pablo Neruda en su Memoria «Confieso que he vivido» que la ferretería de su pueblo tenía en su frente un serrucho gigante, ya que era la única manera de identificar la naturaleza del establecimiento por parte de un pueblo que carecía de la escritura, condenado al analfabetismo.
Hay pueblos, como el de Neruda, donde la gente nace y muere sin salir del lugar y donde todas las casas están pintadas del color de la tierra, el verde de las gramas o el azul del cielo, debido a que sus propietarios cuando van a la ferretería piden los únicos colores que conocen.
De ahí que uno de los libros de marketing proclama que en publicidad no se le debe hablar a la gente, sino a la mente para lograr el posicionamiento.
El posicionamiento también se logra con la creatividad, ya que como la primera preocupación del cerebro es ahorrar energía, vive descartando todo lo que ha visto y si no se le presenta algo nuevo, no se fija.
Eso es lo que explica que un emprendedor norteamericano que iba a inaugurar una nueva línea aérea se propuso que el acontecimiento no pasara desapercibido y alquiló un tanque de guerra, paseándose en el enorme aparato por la Quinta Avenida de Nueva York, con lo que se ganó todos los titulares de los periódicos y la presencia en los programas de televisión de más alto rating, ahorrando millones de dólares en publicidad, además de que no los tenía para gastarlos. El gobierno dominicano debe ingeniarse posicionar en la mente de la gente que el coronavirus mata, no con una campaña «Por amor a Dios, sino por temor al Diablos.
