Si los puntos no se unen, la historia no se hace
Por Rafael Grullón
El padre del teléfono inteligente, Steve Jobs, valía una fortuna en dólares al momento de morir, pero no llegó a comprar los muebles de la sala de su casa a causa de tanto pensar el tipo que les gustaría. El hombre era perfeccionista, lo que nos recuerda a Juan Bosch, quien repetía que la perfección era enemigo de lo bueno.
En una entrevista a Steve Jobs junto Bill Bates, a quien le llamaban el falso Steve Jobs, éste pronosticó que llegaría un día en que el ordenador dejaría de ser un instrumento computacional para convertirse en dispositivo comunicacional: «Ese es el iPhone».
Cuentan que había un japonés experto en electrónica, que, a pesar de su conocimiento, el tipo le caía mal a Steve Jobs. Sin embargo, el consejo de su empresa, Apple, decidió traer el individuo de Japón con un contrato, bajo la condición de que nunca se dejaría ver de Steve Jobs en la empresa. Cuando Steve Jobs llegaba a la empresa sonaba una especie de alarma para que el japonés se escondiera.
Pero como no era preso que estaba, un día Steve Jobs lo encontró en una tienda en la ciudad, y le preguntó qué hacía Estados Unidos.
Al toparse con japonés una segunda vez, Steve Jobs cogió al otro día a la empresa para que le buscara al hombre, se había dado cuenta de la trama laboral, pero terminó reconociendo que sin ese japonés Apple no hubiese llenado sus propósitos con estos dispositivos que conocemos y que han cambiado el mundo.
En un discurso en la Universidad de Stanford Steve Jobs también admitió que, si no se hubiese encontrado con su amigo Steve Wozniak, la computadora Apple no hubiese sido posible, para lo que explicó la teoría de los puntos que se unen. Si los puntos no se unen, la historia no se hace
